Lecturas para el alma, la meditación y la risa

Lecturas para el alma, la meditación y la risa
Por: José Francisco Martínez Ortiz

viernes, 1 de octubre de 2021

Carmela, la hipertensión y la mata de yuca de jardín.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El cuento de hoy. De la serie Cuentos Variados. Carmela, la hipertensión y la mata de yuca de jardín. En los primeros meses de la década del 70 del pasado siglo, un doctor incorporado al servicio médico rural llega a un poblado con una población deseosa de disponer de un policlínico con esa posibilidad. Por esos años próximo al lugar, funcionaban algunos centros de estudio de los conocidos como ESBEC y las hermanas “provisionales “, las que aportaban un considerado número de pacientes, en ocasiones hasta tres ómnibus escolares, con decenas de estudiantes “enfermos “, estoy seguro que algunos de los seguidores de esta página, viajaron con esta condición a la consulta y hacían que su brigada perdiera la emulación. Imagine usted un lugar con una población deseosa de verse con el médico y de pronto 30 o más enfermos, se formaba lo que se formaba , ahí la enfermera, organizaba y clasifica según la patología y síntomas, algunos se regaba y se dirigían al bar, panadería, refresquera o algo así. Los profesores encargados pastorean a los becarios y la enfermera mientras, va preparando las jeringuillas para el correspondiente ”dolor”, algunos dicen sentirse aliviados y con el pan con croquetas en la mano. En esos trámites el Dr de referencia, sale al portal y dar la orden de agrupar por tipo de dolencias...—los de catarro par aquí, los dolores para acá, los de vómitos y diarreas se me ponen aquí. Ahí extendía una receta colectiva que la enfermera del centro adquiría en la farmacia y recibía la indicación. En esa situación, Carmela se molestaba y se le subía la presión. Pero las dos situaciones se presentan día a día, y la señora vivía frente al centro de salud. Sólo cruzar la calle y ya en el banco de espera, a esperar su turno para que le tomen la presión. Ante la llegada de los ómnibus escolares, corría para que el médico la viera.

Frente a su casa, en un pequeño jardín, justo al borde del muro de entrada, una hermosa planta de adorno, muy parecida a una mata de yuca, recibía agua en la mañana y se veía lozana, muy verde y frondosa, aunque no muy alta. (No supe su nombre, el médico tampoco la conocía). Unos de esos días insistentes de Carmela, el galeno resuelve el problema. Mire, tengo para usted la solución, para la hipertensión. —Cómo doctor?, dónde hay que comprar la pastilla, la hay en la farmacia de aquí?, cuánto cuesta?. —nada Carmela nada—, no tiene ni que ir a ningún lugar, la solución está al alcance de la mano. —No me diga hijo!—exclama—. Pues sí, ahora mismo, pero ahora, de abajo para arriba, le arranca dos gajos a la “yuca de jardín”, esa del frente, se toma un jarro del cocimiento en la mañana y otra una hora antes de acostarse, cuando llegue al último tallo, va sembrando otra y olvídese de mí. Ni piense en que usted ha sido hipertensa...! Al mes de la verde, lozana y hermosa planta, solo queda el tallo principal, y pequeños gajitos secos. Carmela no fue más a la consulta. Preguntaba a los vecinos y conocidos, donde encontrar otra planta de yuca de jardín.

Otro de un colega del médico de la historia. Este un reconocido ortopédico. Años después de la cura de Carmela. La paciente sufre de un egipce, acude al médico de guardia y por la experiencia de la especialidad indica al técnico aplicar yeso en forma de una bota. A poco ya realizado el trabajo, la pregunta de rigor ante el eminente dolor por la lesión. —Dr. y para el dolor? — la respuesta no se hace esperar—, agua y ajo. Con la duda de cómo tomarlo. La indicación, no… no tiene que tomarse de ninguna forma, es aguanta y ajooodeeersee.

jueves, 30 de septiembre de 2021

El sueño de Venancio.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El cuento de hoy.Dela serie Cuentos variados. El sueño de Venancio.

Las aventuras de un sueño, a causa de una pastilla de relajante muscular combinada con media Amitriptilina, para dormir, no para los nervios, pues me contaba que nunca había padecido de eso. Pero le habían dicho que con eso por supuesto dormiría bien y posiblemente tuviera un buen sueño.

Me contó que un amigo le regaló el relajante y la media pastilla azul, confió en él y después de noches de desvelos, dormiría plácidamente.

Es verdad, al poco rato sentía que los músculos se le aflojaban, parecía que viajaba en una nube o tal vez una alfombra mágica. Decía que había sentido una sensación de vagar en el aire y el sueño llegó y con él “la soñadera”. Era un ave y volaba por el cielo azul. Subía y subió porque sus brazos de hombre de trabajo se le convirtieron en alas, se elevó muy alto, se dejó caer y comenzó a planear, —como hacen las auras casi en las nubes, en círculos—, retando las corrientes de aire en el espacio. Veía las casas y los edificios abajo, y se decía, que bueno las aves que están por encima de todo. Vio como se le acercaba otro pájaro, un bello ejemplar y comenzó a girar a su alrededor, se veía fuerte. —Comentaba—ya volaba junto él, al rato inició una danza extraña, y vio que se elevó sobre el, se posó y le clavó el pico en el cuello. Al sentir el picotazo levantó la cola y dejó que el ave hiciera su trabajo .Continuaron vuelo uno junto al otro, llegaron a un gran árbol y en una de sus ramas comenzaron a depositar hojas secas, yerbitas, prepararon un nido, según contaba horas y horas armando y desarmando, cuando estuvo listo, no estaba el otro pájaro. Confundido no sabía qué hacía ahí. Se sintió caer de lo alto, —sería una ceiba centenaria, por lo alta. Comenzó a sentir algo raro, había dormido más que el caraj. Se había quitado la ropa mientras soñaba, se pasó la mano por la nuca, sentía algo debajo de los glúteos, entre las piernas, tira la mano medio soñoliento y ahí estaba “el pato” metálico donde orinaba en la noche y reconoce que no sabe desde qué hora había dormido en el suelo. Más nunca quiso saber del Meprobamato con la Amitriptilina.

De nuevo Venancio, con la Amitriptilina, pero esta vez entera y pasada como si fuera otra, le habían dicho que se llamaba Viagra, se la ofrecieron por una cita, que tenía. Sin dudar la tomó entera llegó al lugar previsto, compartió un rato, conversando sobre diversos temas, dice que tomaron unos traguitos. Al día siguiente el amigo que le había regalado la pastilla le preguntó: Cómo te fue? —Bueno, bien!, la vi cuando llegó, pero no sé ni cuándo se fue...!

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Cómo Ana la isleñita, se convirtió en Anavén.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El cuento de hoy. De la serie cuentos variados.  Les cuento, de esto han pasado varios años, les puedo decir más de 60. Ahora es el momento para escribir. Es decir la historia de Anavén y “Juanci el fiñe”. Compartíamos el barrio, el fiñe había nacido después de Ana la isleñita. Ella había dejado la escuela pública y el permanecía en los primeros grados. Ella hija de un isleño asentado en el barrio y una hermosa mulata llegada de la región oriental. La niñez como todas y propia de un poblado de campo en el que en cualquier esquina hay un solar vacío propio para un juego muy popular en la adolescencia temprana, “el chucho escondido “, tal vez alguno de los seguidores de la página lo jugó. La madre de Anita, decidió regresar a su tierra y la niña quedó al amparo de los abuelos, fue creciendo y ya una adolescente con buenas condiciones físicas, los vecinos la nombraban Ana, y algunas personas mayores decían, que lástima. Se sabe cómo somos los muchachos al escuchar o ver a los más mayorcitos, la llamaban como !Anavén! Enseguida se fue corriendo el nombre y se quedara así. Ella siempre respondía a los más grandes y los más pequeños incluyendo a “Juanci el fiñe” le llamaban Anavén, pero se hacia la que no escuchaba. El fiñe insistía, pero nunca le hizo caso, y mira que al atardecer de cada día jugaban en el solar. Un día de tanto insistirle agarra a Juanci por el cinto, lo halaba y miraba hacia adentro. —Deja ver—, vez?, no tienes ni un pelo. Avísame cuando te salgan. Le dijo que esperara y la faltaba como un año, ella sabía de eso. Le dijo que le gustaba los más grandes, que tienen con qué y saben qué hacer. —mira fiñe, no estoy para cambiar culeros—. Por su parte Juanci esperaba pacientemente a cumplir el nuevo año. Llegó el día esperado, Ahora cuando le diga “Anavén “va a venir conmigo como con los grandes. Al fin la llamó, lo mira loca de risa, se le acercó, el fiñe temblaba de emoción, al fin cumpliría sus sueños. Lo hala por el cinto, hizo como que miraba, ”ves nada todavía “. —Es verdad pero tú me dijiste que en mi cumpleaños—. Te dije que no me gusta poner pañales. . . ponte a jugar a las casitas y sigue escondiendo el chucho. Juanci el fiñe, la llamaba insistente cuando la veía pasar. Ella reía, tú sabes que no me gusta poner pañales. Era cierto, no tenía pelos, pero se sentía con derecho, sentía como los mayores cuando una mujer le gusta. Oye Anavén, no tengo como tú dices, pero mira como estoy, ella iba riéndose y no lo escuchaba. Anavén junto a otros adolescentes frecuentaba la poza de las pomarrosas, el fiñe se entera y allá se dirige. De nuevo otro cumpleaños y Juanci fue a la poza una vez más por ver si la veía, le reclamaría lo prometido y celebraría su nuevo año. En medio del alboroto de los bañistas de la poza, el fiñe se quita el short de bañarse, y decidido- Anavén, ya soy un hombre, en mi familia todos somos lampiños!

Pasados los años, ella tramitó los papeles y se convierte en ciudadana española, va al encuentro de la familia española, regresa al barrio donde nació, ya el fiñe era el señor Juan, ella lo invita a visitar la poza de las pomarrosas. Pero ya ha dejado de existir. Le dice: -fiñe como te hice sufrir, ahora en premio te vas conmigo para Tenerife.



martes, 28 de septiembre de 2021

Lo siento señora.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El cuento de hoy. De la serie Cuentos variados.

Ocurrió en un poblado de campo, allá por la década del 60 del pasado siglo. Una pareja de jimaguas, de los que se dice “de que los hay, los hay. Sobre todo sociables, jaraneros y bien llevados. Gustaban viajar y visitaban otros territorios. En cierta ocasión compartimos viaje en las conocidas “mandarinas”, que cubrían la ruta Sancti Spíritus—Santa Clara, acomodados en el asiento el conductor boletos en mano, los entregan a los viajeros,—para que son estos papeles?, —cómo que para qué?..para pagar el pasaje.

—ahhh, caraj, usted es bobo, no sabe que Sabino es el que paga?. —está bien, dónde está Sabino.—el otro jimagua responde, parece que usted es bobo, como dice mi hermano, Sabino está en Los Tramojos, mándele allá los pasajes. De regreso del viaje, se enteran del fallecimiento del marido de Chela la isleña, conocidos de ellos y contemporáneos. En los poblados de campo no hay funerarias y los velorios se realizan en las casas, se come, se brindan timbas de dulce de guayabas y queso, café frecuentemente y los vecinos aprovechan para compartir, la familia que nunca se ve, lo hacen y se actualizan de los últimos acontecimientos, los tarros pegados y nunca falta un buen cuentero, hasta la merienda hay público, al avanzar la noche, se disculpa por estar solo el viejo, el que mañana tiene que ir al pueblo a los análisis, y así poco a poco, se quedan casi solo los bien allegados. Los jimaguas han llegado temprano, esperan la comida. —mire mujer, si usted es la repartera, a mi hermano no le eche sopa, a él le gusta el arroz con gris y del puerco, cualquier parte. A mí me traes la pechuga. Así va transcurriendo el tiempo, permanecen en el portal y no han entrado al cuarto. Como pasa uno es más avispado y se dirige a Abundio el isleño ( ya conocido de otras historias) —oye, vamos a entrar a ver al muerto, cómo se le dice a la mujer?. Ah bueno, lo lamento, qué pena me da, o algo así. De los dos uno tenía la costumbre de saludar efusivamente, apretar la mano y expresar con un amplía sonrisa: “ me alegrooooo..! el otro lo que se le ocurre. —ahhh, se dirigen a la viuda. Le estira la mano y con fuerza, ya nos enteramos que se murió, me alegrooo.! El otro preguntando antes de entrar, que se le decía a la mujer y le aconsejaron decirle, —lo siento señora—. Ya frente a la compungida mujer, lo voy a sentar, dígame donde lo pongo...el otro jimagua dice, quédese ahí señora, yo le traigo el asiento al viejo.

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