Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El Cuento de hoy. De la serie Cuentos variados.
Me
recuerdan por allá atrás. No hay ciudad, poblados o pequeños barrios donde
falte alguien con dotes de orador y presto siempre a acceder a familiares y
amigos para ofrecer las palabras de despedida en el último minuto a un
fallecido sea conocido o no, no falta en uno de los bolsillos de la guayabera
un pedazo de papel blanco y un bolígrafo para anotar los datos elementales del
occiso, no importa mucho que ni haya visto por una vez a quien despide. El
discurso es el mismo, solo cambia el nombre y algún detalle del historial.
El
despedidor de duelo, en estos tiempos podría ejercer el oficio por cuenta
propia. Aunque el mayor pago, lo recibe con la última palabra y recibe a los
presentes con un efusivo apretón de manos y el agradecimiento por sus elogios hacia
el fallecido por parte de los allegados. En ese momento pasa a ser la figura
más importante de la congregación. Así en un pueblo donde el cementerio se
ubica en la falda de una loma y en el espacio se aprecian algunas ondulaciones
y peñascos de piedra se está produciendo la despedida de duelo de alguien poco
conocido, pero acreedor del reconocimiento correspondiente.
El papel en
manos para evitar un error, y como siempre hilvanando ideas va extendiendo el panegirico.
Es la una de la tarde, el sol en centro del cielo uno de esos días despejados,
donde no aparece ni una nube pasajera. Los asistentes sudan, los sepultureros
con los instrumentos listos para entrar en acción. Uno de los acompañantes del
funeral, conocedor del orador y agotado por el calor, en un momento en que el
discursante deja de leer y mira a los presentes, levanta el brazo derecho y
desde un peñasco a unos metros de frente, hace la seña que indica que “corte”.
Ya cuando casi iba a decir las últimas palabras se impulsa y dice: —Me recuerda
el amigo Ambrosio dese allá atrás (indica la ubicación y los presentes
mirando)— que el fallecido además, era barbero y de los buenos, de los que a
muchos de ustedes y generaciones anteriores prestó su servicio. La viuda que se
encontraba al lado del orador, musitó: —señor ese hombre se equivocó de
entierro, mi esposo no peló nunca ni un boniato...!
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Corte! |