Punto de Vista. El tema de hoy: El isleño Manuel cuenta que su tatarabuelo fue cirujano-barbero.
Recién
saliendo de la barbería del barrio, le comenta su paisano Musiño, que no sabe,
cómo calló en “la gata”, de pagar 100 pesos por el pelado, si le dijeron que
Irán, también isleño pela por 20 pesos, y él en realidad tiene cabello por
ambos lados y nada al centro de la cabeza. Ahí no caigo más.
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Señal desaparecida de las barberías. Foto tomada de internet. |
El título
de cirujano-barbero era el mismo para todos. Pero en algunas regiones de España
existían regulaciones destinadas a procurar que las rudimentarias funciones
sanitarias fueran ejercidas solamente por quienes “ponían tiendas” para sajar y
no por los que lo hacían para afeitar. Cuenta Manuel que su recontra
tatarabuelo no clasificó porque no pudo poner la tienda.
Sobre la
experiencia española, se encuentra una curiosa descripción de las barberías
andaluzas del siglo XIX. Para distinguirlas, sus puertas eran pintadas de verde
o de azul claro, con franjas amarillas. El barbero además era guitarrista y
coplero.
Otra fuente
trata sobre la clásica barra cilíndrica de franjas blancas y azules, que
identifica internacionalmente a la barbería, constituye una de las más antiguas
formas de anuncio publicitario.
Entonces no
por gusto, se ha reconocido en todos los rincones del país al barbero como el
tipo más culto, el que más sabe, al que más se consulta, que disponía de una
hemeroteca, diversa desde la revista Carteles, Bohemia y los conocidos
“muñequitos”, les confieso que una de esas barberías tuve los primeros contactos
con la literatura, y con la farándula de las páginas al respecto, en la edad de
la adolescencia temprana.
Esa cultura
lamentablemente está casi desaparecida como los dinosaurios, al igual que otras
“cosas”, que tenían el surgimiento desde la época de los ancestros de Manuel y
Musiño. Ahora en las barberías no se encuentra el clásico cilindro azul y
blanco que las identifica, predominan en los portales de las viviendas, cuando
se presenta un remolino de viento típico de esta época, usted se imagina. Ahora
más que mantener la tradición de las barberías se trata de una triste tendencia
con la explosión de los precios, donde hasta un pelado como el referido por el
isleño Manuel, con solo algunos pelitos en ambos lados, tuvo que pagar 100
pesos y una madre con dos pequeñitos 200 pesos. Y sin ni siquiera una revista Zunzún
para entretener a los pequeños.
—Mira
Manuel—, te lo dije el otro día, no son buenas las comparaciones.