Lecturas para el alma, la meditación y la risa

Lecturas para el alma, la meditación y la risa
Por: José Francisco Martínez Ortiz

lunes, 16 de octubre de 2023

Cuando la humildad se impone

Punto de Vista. El tema de hoy. Cuando la humildad  se impone.

Comentario sobre un hecho real en mi lindo Cabaiguán.

 

Alicate en Cabaiguan. 

Diga señor, en qué puedo servirle. Así responde desde la acera del frente el hombre  de piel de ébano que viste overol azul en condiciones de trabajador  de oficios  que muestran sucios el uniforme, barba rala y chancletas  de las conocidas como sapitos, con la huella del tiempo.

El transeúnte se detiene  junto a una pequeña mesita, cargada de numerosos objetos de trabajo como punzones, trozos  de cera, conos de hilo , pomitos plásticos que fueran de medicamentos y con la huella de pegamento, tenazas y un pequeño banquito rodeado de variedad de zapatos en mal estado, que esperan por la mano de un ‘’artista’’ o fino artesano en la reparación de calzado o como son conocidos, zapatero  remendón.

El estrechón de mano del hombre llegado del frente, en la entrada del edificio en el que se encuentra la madre, y atiende cuando no tiene clientes, porque la anciana sufre según cuenta un infarto  cerebral, y está dejando de comer.

Vamos a ver, cuál es su problema señor. Pide le entregue  el bolso que porta el transeúnte, considerando traiga  ahí  los zapatos a remendar.

No amigo, lo traigo puesto, pasé por el taller de reapación de calzado y entre  justificaciones y pocos deseos de trabajar, me dicen que es un trabajo muy delicado.

Señor esos zapatos que trae son muy buenos, se ve que son de allá, se ven nuevos y de calidad. Esos no se trabajan en estos lugares. Quíteselos  y siéntese en el murito, disculpe no pueda ofrecerle donde sentarse.

Ok gracias no se preocupe, espero por usted. Al estar más cerca  del humilde zapatero, parece  conocido, pero  con más de cincuenta  años y el rigor de la vida  parece mayor.

Toma  en la mano el zapato que necesita la mano de un artista para cerrar una pequeña ranura  que amenaza  en la falsa costura, y debe ser tan fina que no afecte la presencia del calzado, en verdad podía no ser necesaria la intervención. De nuevo insiste  sobre la calidad del calzado, reitera que es de allá. Se aprecia el interés  por el trabajo, con manos de artesano y voluntad sin límite  emprende la tarea.

Listo señor, mire a ver si le gusta el trabajo.

Imperceptible la pequeña costura, como la de un experimentado cirujano. Gracias mi amigo. Pone la mano en el hombro del humilde zapatero, le extiende un billete, mire, cobre y dígame si es más.

No me debe nada señor, eso no vale nada.

Pero no, ese es su trabajo. Usted vive de eso y más  con los problemas  que tiene  y lo cara que

Le dije que no vale nada, le digo ahora que ya eso está más que pago, soy yo quien tiene la deuda con usted. El transeúnte de momento queda en silencio e insiste  que tome el dinero por  el trabajo realizado.

Nunca olvido cuanto usted  me soportó  en la escuela taller, donde lo contrataron  para que nos  enseñara la historia, lo que lo molesté  junto a otros que eran más malo que yo, toda la paciencia  que tuvo  y con el cariño que nos trataba, ahora  más que agradecido  siento pena  con usted. Gracias  a su interés  me gradué  de obrero calificado, aprendí este oficio y ha sido el sustento de mi familia.

Recordé su nombre.....l  tu  eres  Josué. Se llevó la mano a  los ojos, y me pidió le permitiera un abrazo.Punto de Vista. El tema de hoy. Cuando la humildad  se impone.

Comentario sobre un hecho real en mi lindo Cabaiguán.

 

Diga señor, en qué puedo servirle. Así responde desde la acera del frente el hombre  de piel de ébano que viste overol azul en condiciones de trabajador  de oficios  que muestran sucios el uniforme, barba rala y chancletas  de las conocidas como sapitos, con la huella del tiempo.

El transeúnte se detiene  junto a una pequeña mesita, cargada de numerosos objetos de trabajo como punzones, trozos  de cera, conos de hilo , pomitos plásticos que fueran de medicamentos y con la huella de pegamento, tenazas y un pequeño banquito rodeado de variedad de zapatos en mal estado, que esperan por la mano de un ‘’artista’’ o fino artesano en la reparación de calzado o como son conocidos, zapatero  remendón.

El estrechón de mano del hombre llegado del frente, en la entrada del edificio en el que se encuentra la madre, y atiende cuando no tiene clientes, porque la anciana sufre según cuenta un infarto  cerebral, y está dejando de comer.

Vamos a ver, cuál es su problema señor. Pide le entregue  el bolso que porta el transeúnte, considerando traiga  ahí  los zapatos a remendar.

No amigo, lo traigo puesto, pasé por el taller de reapación de calzado y entre  justificaciones y pocos deseos de trabajar, me dicen que es un trabajo muy delicado.

Señor esos zapatos que trae son muy buenos, se ve que son de allá, se ven nuevos y de calidad. Esos no se trabajan en estos lugares. Quíteselos  y siéntese en el murito, disculpe no pueda ofrecerle donde sentarse.

Ok gracias no se preocupe, espero por usted. Al estar más cerca  del humilde zapatero, parece  conocido, pero  con más de cincuenta  años y el rigor de la vida  parece mayor.

Toma  en la mano el zapato que necesita la mano de un artista para cerrar una pequeña ranura  que amenaza  en la falsa costura, y debe ser tan fina que no afecte la presencia del calzado, en verdad podía no ser necesaria la intervención. De nuevo insiste  sobre la calidad del calzado, reitera que es de allá. Se aprecia el interés  por el trabajo, con manos de artesano y voluntad sin límite  emprende la tarea.

Listo señor, mire a ver si le gusta el trabajo.

Imperceptible la pequeña costura, como la de un experimentado cirujano. Gracias mi amigo. Pone la mano en el hombro del humilde zapatero, le extiende un billete, mire, cobre y dígame si es más.

No me debe nada señor, eso no vale nada.

Pero no, ese es su trabajo. Usted vive de eso y más  con los problemas  que tiene  y lo cara que

Le dije que no vale nada, le digo ahora que ya eso está más que pago, soy yo quien tiene la deuda con usted. El transeúnte de momento queda en silencio e insiste  que tome el dinero por  el trabajo realizado.

Nunca olvido cuanto usted  me soportó  en la escuela taller, donde lo contrataron  para que nos  enseñara la historia, lo que lo molesté  junto a otros que eran más malo que yo, toda la paciencia  que tuvo  y con el cariño que nos trataba, ahora  más que agradecido  siento pena  con usted. Gracias  a su interés  me gradué  de obrero calificado, aprendí este oficio y ha sido el sustento de mi familia.

Recordé su nombre.....l  tu  eres  Josué. Se llevó la mano a  los ojos, y me pidió le permitiera un abrazo. 

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