Lecturas para el alma, la meditación y la risa

Lecturas para el alma, la meditación y la risa
Por: José Francisco Martínez Ortiz

martes, 28 de septiembre de 2021

Lo siento señora.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El cuento de hoy. De la serie Cuentos variados.

Ocurrió en un poblado de campo, allá por la década del 60 del pasado siglo. Una pareja de jimaguas, de los que se dice “de que los hay, los hay. Sobre todo sociables, jaraneros y bien llevados. Gustaban viajar y visitaban otros territorios. En cierta ocasión compartimos viaje en las conocidas “mandarinas”, que cubrían la ruta Sancti Spíritus—Santa Clara, acomodados en el asiento el conductor boletos en mano, los entregan a los viajeros,—para que son estos papeles?, —cómo que para qué?..para pagar el pasaje.

—ahhh, caraj, usted es bobo, no sabe que Sabino es el que paga?. —está bien, dónde está Sabino.—el otro jimagua responde, parece que usted es bobo, como dice mi hermano, Sabino está en Los Tramojos, mándele allá los pasajes. De regreso del viaje, se enteran del fallecimiento del marido de Chela la isleña, conocidos de ellos y contemporáneos. En los poblados de campo no hay funerarias y los velorios se realizan en las casas, se come, se brindan timbas de dulce de guayabas y queso, café frecuentemente y los vecinos aprovechan para compartir, la familia que nunca se ve, lo hacen y se actualizan de los últimos acontecimientos, los tarros pegados y nunca falta un buen cuentero, hasta la merienda hay público, al avanzar la noche, se disculpa por estar solo el viejo, el que mañana tiene que ir al pueblo a los análisis, y así poco a poco, se quedan casi solo los bien allegados. Los jimaguas han llegado temprano, esperan la comida. —mire mujer, si usted es la repartera, a mi hermano no le eche sopa, a él le gusta el arroz con gris y del puerco, cualquier parte. A mí me traes la pechuga. Así va transcurriendo el tiempo, permanecen en el portal y no han entrado al cuarto. Como pasa uno es más avispado y se dirige a Abundio el isleño ( ya conocido de otras historias) —oye, vamos a entrar a ver al muerto, cómo se le dice a la mujer?. Ah bueno, lo lamento, qué pena me da, o algo así. De los dos uno tenía la costumbre de saludar efusivamente, apretar la mano y expresar con un amplía sonrisa: “ me alegrooooo..! el otro lo que se le ocurre. —ahhh, se dirigen a la viuda. Le estira la mano y con fuerza, ya nos enteramos que se murió, me alegrooo.! El otro preguntando antes de entrar, que se le decía a la mujer y le aconsejaron decirle, —lo siento señora—. Ya frente a la compungida mujer, lo voy a sentar, dígame donde lo pongo...el otro jimagua dice, quédese ahí señora, yo le traigo el asiento al viejo.

lunes, 27 de septiembre de 2021

Pasa Mirringuita.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El Cuento de hoy. De la serie Cuentos variados. -

Pasa Mirringuita. En una casa de un poblado de campo, había una perrita pequeña, peluda, suave y cariñosa, bueno, en las casas de campo es normal que haya un perro, casi siempre grandes, criollos como suele decirse para cuidar del patio en las noches y auxiliar al amo en el día en los trajines de los demás animales, desde agarrar una gallina, pastoreando una res en el potrero, alertando ante forasteros.

En las ciudades, perritos de razas, pequeños, mascotas urbanas, grandes como pastores, labradores y las mil y una variedades. Y no faltan los que merodean por las cafeterías, kioskos, portales de comercios y deambulan por las calles y vertederos buscando sobras de lo que sea, es decir llevando una vida de “perro”. Esa historia se repite desde Oriente hasta Occidente. Nombres, diversos. León, Campeón, Rinti, Canelo(a) y Moti, Lia, Candiña y miles más. Sobre perros un refrán que de niño aprendí, “según sea el perro, se le da el turronazo “, “perro que ladra, no muerde “ y más. Como decía una vecina, perro criollo, sato, o chulo en la calle, atrás de las perras, no tienen dueño. Perro con collar y de raza tienen amos. Así les cuento la historia de Mirringuita, la pequeña, peluda, suave y cariñosa perrita de una casa de un poblado de campo. Como ocurría hace muchos años, algunos de ustedes lo conocieron como este autor, las visitas a la novia se hacía generalmente los miércoles y domingos, a la vista de la “vieja”, que aprovechaba para tejer o zurcir la Rolpa en ese horario y de vez en vez, la correspondiente garraspera que anuncia estar viendo algo raro, como si a la chica la picaran las santanicas, esos bichitos que pican más que el caraj. En una de esas visitas el novio en el almuerzo había comido, chícharos huevo hervido, boniatos ensalada de aguacates y un vaso de leche al final, ya en la noche, irresistibles la ventazón. A la vieja le llega el aire contaminado, el novio trata de disimular, Mirringuita, cariñosa comparte la visita debajo del sillón, ya conocido el visitante. El hombre repite, la vieja alerta al animalito.— pasa Mirri,. Que alivio siente el novio al saber que tiene la perrita acostada debajo, descarga con más fuerza el viento, en fin la vieja la está azorando. Otro más y —pasa Mirringuita, que te van a cagarrrr.!

sábado, 25 de septiembre de 2021

Lo que hay es que encontrarlos.

 Punto de Vista.  Reconocer no es conformarse.  El Cuento de hoy.  Cuentos variados.  

 De muy joven y en medio de personas que frecuentaban el bar y billar escuchaba una frase muy repetida en diversas circunstancias que dice “de que los hay, los hay”. Vaya frase ingenua.  Utilizada en diferentes obras literarias y géneros hoy les propongo un cuento sobre tal frase.  

Se trata de un ciudadano de un poblado de campo, que por todas sus características parecía normal, en su andar, su mirada, la expresión, tono de voz y correctamente pelado.  Un miembro de la autoridad observa al individuo y lo presume sospechoso— no es posible que ahora (década del 50 del siglo pasado), nadie pueda aparecer tan normal y ni estar ocultando o tramando algo. —ciudadano por favor su identificación—. Permítame otros documentos.  Nada anormal.  Todo bien.  Ese detalle llevó al olfato profesional del policía a hacerlo más sospechoso.  Pasado el tiempo de la interrogación, se mostró inseguro.  

—Este oculta algo, y de nuevo a la revisión de documentos, buscando algún detalle, pero no acierta con la causa.  —Tendré que dejar que siga su camino.  

El hombre se encontraba apurado porque tenía alguien que esperaba por él, y eso lo hacía llegar tarde.  En voz baja comenta: — de que los hay los hay.  —Eso es, pensó el policía—.  Yo sabía que no me engañaba.  

—Acompáñeme a la estación.  Lo presentó al oficial de guardia, lo que le escuchó lo hacía sospechoso.  La frase lo demuestra.  Levantan el acta y lo conducen al calabozo hasta que todo se aclare.  El sujeto estaba intimidado, de forma imperceptible, repite:”de que los hay los hay”.  El oficial de carpeta al escuchar la frase, anota de nuevo en el atestado.  Se levantó un grueso atestado.  Y en espera del juicio.  

Ya en el Tribunal, el juez interroga, revisa códigos, causas y no encuentra algo que tipifique los hechos.  

“Así que según usted, de que los hay los hay”.  “Lo que hay es que encontrarlos, señor juez, se le ocurrió contestar.  No comprendía la conducta y la respuesta del procesado, los elementos legales no aportaban causas, el tribunal considera están ante un caso de peligro eminente, posiblemente contrario al régimen.  Es necesario proteger al gobierno, contra actividades no contempladas en el entonces Código Civil.  De tal manera fue sancionado a 5 años de privación de libertad, por falta de otra cosa que aplicar.  Terminada la sesión, el juez a la casa, como siempre que celebra un juicio le comenta a la esposa sobre el caso.  Ella una vez escuchado el relato, comenta, “Que barbaridad viejo, de que los hay, los hay. . .



viernes, 24 de septiembre de 2021

Me recuerdan por allá atrás.

 Punto de Vista. Reconocer no es conformarse. El Cuento de hoy. De la serie Cuentos variados.

Me recuerdan por allá atrás. No hay ciudad, poblados o pequeños barrios donde falte alguien con dotes de orador y presto siempre a acceder a familiares y amigos para ofrecer las palabras de despedida en el último minuto a un fallecido sea conocido o no, no falta en uno de los bolsillos de la guayabera un pedazo de papel blanco y un bolígrafo para anotar los datos elementales del occiso, no importa mucho que ni haya visto por una vez a quien despide. El discurso es el mismo, solo cambia el nombre y algún detalle del historial.

El despedidor de duelo, en estos tiempos podría ejercer el oficio por cuenta propia. Aunque el mayor pago, lo recibe con la última palabra y recibe a los presentes con un efusivo apretón de manos y el agradecimiento por sus elogios hacia el fallecido por parte de los allegados. En ese momento pasa a ser la figura más importante de la congregación. Así en un pueblo donde el cementerio se ubica en la falda de una loma y en el espacio se aprecian algunas ondulaciones y peñascos de piedra se está produciendo la despedida de duelo de alguien poco conocido, pero acreedor del reconocimiento correspondiente.

El papel en manos para evitar un error, y como siempre hilvanando ideas va extendiendo el panegirico. Es la una de la tarde, el sol en centro del cielo uno de esos días despejados, donde no aparece ni una nube pasajera. Los asistentes sudan, los sepultureros con los instrumentos listos para entrar en acción. Uno de los acompañantes del funeral, conocedor del orador y agotado por el calor, en un momento en que el discursante deja de leer y mira a los presentes, levanta el brazo derecho y desde un peñasco a unos metros de frente, hace la seña que indica que “corte”. Ya cuando casi iba a decir las últimas palabras se impulsa y dice: —Me recuerda el amigo Ambrosio dese allá atrás (indica la ubicación y los presentes mirando)— que el fallecido además, era barbero y de los buenos, de los que a muchos de ustedes y generaciones anteriores prestó su servicio. La viuda que se encontraba al lado del orador, musitó: —señor ese hombre se equivocó de entierro, mi esposo no peló nunca ni un boniato...!

Corte!


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