Punto de Vista. El tema de hoy. Cuando la humildad se impone.
Comentario sobre un hecho real en mi lindo Cabaiguán.
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| Alicate en Cabaiguan. |
Diga señor, en qué puedo servirle. Así responde desde la
acera del frente el hombre de piel de
ébano que viste overol azul en condiciones de trabajador de oficios
que muestran sucios el uniforme, barba rala y chancletas de las conocidas como sapitos, con la huella
del tiempo.
El transeúnte se detiene
junto a una pequeña mesita, cargada de numerosos objetos de trabajo como
punzones, trozos de cera, conos de hilo
, pomitos plásticos que fueran de medicamentos y con la huella de pegamento,
tenazas y un pequeño banquito rodeado de variedad de zapatos en mal estado, que
esperan por la mano de un ‘’artista’’ o fino artesano en la reparación de
calzado o como son conocidos, zapatero
remendón.
El estrechón de mano del hombre llegado del frente, en la
entrada del edificio en el que se encuentra la madre, y atiende cuando no tiene
clientes, porque la anciana sufre según cuenta un infarto cerebral, y está dejando de comer.
Vamos a ver, cuál es su problema señor. Pide le
entregue el bolso que porta el
transeúnte, considerando traiga ahí los zapatos a remendar.
No amigo, lo traigo puesto, pasé por el taller de reapación
de calzado y entre justificaciones y
pocos deseos de trabajar, me dicen que es un trabajo muy delicado.
Señor esos zapatos que trae son muy buenos, se ve que son de
allá, se ven nuevos y de calidad. Esos no se trabajan en estos lugares.
Quíteselos y siéntese en el murito,
disculpe no pueda ofrecerle donde sentarse.
Ok gracias no se preocupe, espero por usted. Al estar más
cerca del humilde zapatero, parece conocido, pero con más de cincuenta años y el rigor de la vida parece mayor.
Toma en la mano el
zapato que necesita la mano de un artista para cerrar una pequeña ranura que amenaza
en la falsa costura, y debe ser tan fina que no afecte la presencia del
calzado, en verdad podía no ser necesaria la intervención. De nuevo
insiste sobre la calidad del calzado,
reitera que es de allá. Se aprecia el interés
por el trabajo, con manos de artesano y voluntad sin límite emprende la tarea.
Listo señor, mire a ver si le gusta el trabajo.
Imperceptible la pequeña costura, como la de un
experimentado cirujano. Gracias mi amigo. Pone la mano en el hombro del humilde
zapatero, le extiende un billete, mire, cobre y dígame si es más.
No me debe nada señor, eso no vale nada.
Pero no, ese es su trabajo. Usted vive de eso y más con los problemas que tiene
y lo cara que
Le dije que no vale nada, le digo ahora que ya eso está más
que pago, soy yo quien tiene la deuda con usted. El transeúnte de momento queda
en silencio e insiste que tome el dinero
por el trabajo realizado.
Nunca olvido cuanto usted
me soportó en la escuela taller,
donde lo contrataron para que nos enseñara la historia, lo que lo molesté junto a otros que eran más malo que yo, toda
la paciencia que tuvo y con el cariño que nos trataba, ahora más que agradecido siento pena
con usted. Gracias a su interés me gradué
de obrero calificado, aprendí este oficio y ha sido el sustento de mi
familia.
Recordé su nombre.....l
tu eres Josué. Se llevó la mano a los ojos, y me pidió le permitiera un abrazo.Punto de Vista. El tema de hoy. Cuando la humildad se impone.
Comentario sobre un hecho real en mi lindo Cabaiguán.
Diga señor, en qué puedo servirle. Así responde desde la
acera del frente el hombre de piel de
ébano que viste overol azul en condiciones de trabajador de oficios
que muestran sucios el uniforme, barba rala y chancletas de las conocidas como sapitos, con la huella
del tiempo.
El transeúnte se detiene
junto a una pequeña mesita, cargada de numerosos objetos de trabajo como
punzones, trozos de cera, conos de hilo
, pomitos plásticos que fueran de medicamentos y con la huella de pegamento,
tenazas y un pequeño banquito rodeado de variedad de zapatos en mal estado, que
esperan por la mano de un ‘’artista’’ o fino artesano en la reparación de
calzado o como son conocidos, zapatero
remendón.
El estrechón de mano del hombre llegado del frente, en la
entrada del edificio en el que se encuentra la madre, y atiende cuando no tiene
clientes, porque la anciana sufre según cuenta un infarto cerebral, y está dejando de comer.
Vamos a ver, cuál es su problema señor. Pide le
entregue el bolso que porta el
transeúnte, considerando traiga ahí los zapatos a remendar.
No amigo, lo traigo puesto, pasé por el taller de reapación
de calzado y entre justificaciones y
pocos deseos de trabajar, me dicen que es un trabajo muy delicado.
Señor esos zapatos que trae son muy buenos, se ve que son de
allá, se ven nuevos y de calidad. Esos no se trabajan en estos lugares.
Quíteselos y siéntese en el murito,
disculpe no pueda ofrecerle donde sentarse.
Ok gracias no se preocupe, espero por usted. Al estar más
cerca del humilde zapatero, parece conocido, pero con más de cincuenta años y el rigor de la vida parece mayor.
Toma en la mano el
zapato que necesita la mano de un artista para cerrar una pequeña ranura que amenaza
en la falsa costura, y debe ser tan fina que no afecte la presencia del
calzado, en verdad podía no ser necesaria la intervención. De nuevo
insiste sobre la calidad del calzado,
reitera que es de allá. Se aprecia el interés
por el trabajo, con manos de artesano y voluntad sin límite emprende la tarea.
Listo señor, mire a ver si le gusta el trabajo.
Imperceptible la pequeña costura, como la de un
experimentado cirujano. Gracias mi amigo. Pone la mano en el hombro del humilde
zapatero, le extiende un billete, mire, cobre y dígame si es más.
No me debe nada señor, eso no vale nada.
Pero no, ese es su trabajo. Usted vive de eso y más con los problemas que tiene
y lo cara que
Le dije que no vale nada, le digo ahora que ya eso está más
que pago, soy yo quien tiene la deuda con usted. El transeúnte de momento queda
en silencio e insiste que tome el dinero
por el trabajo realizado.
Nunca olvido cuanto usted
me soportó en la escuela taller,
donde lo contrataron para que nos enseñara la historia, lo que lo molesté junto a otros que eran más malo que yo, toda
la paciencia que tuvo y con el cariño que nos trataba, ahora más que agradecido siento pena
con usted. Gracias a su interés me gradué
de obrero calificado, aprendí este oficio y ha sido el sustento de mi
familia.
Recordé su nombre.....l
tu eres Josué. Se llevó la mano a los ojos, y me pidió le permitiera un abrazo.